lunes, 1 de agosto de 2011

Blanco



Cuando empecé a vivir en La Casa Grande pasaba largos ratos contemplando los muros encalados. Se transformaban según la luz en archipiélagos o superficies de planetas ignotos y eran especialmente fascinantes de noche. Arrugas hermosas en la piel de la casa. Sólo años y años de escalichar -o sea rascar- y encalar sucesivamente, capa tras capa, habían podido lograr esa prodigiosa textura en bóvedas y paredes. Tengo incluso un marco colgado, sin más, sobre la pared. Ningún “acabado” rústico puede conseguir esa calidad rugosa de un día para otro.


Se dice que Arcos es la puerta de los Pueblos blancos, aunque bajo este eslogan turístico se encuentra una sencilla historia de cal y mujeres. Durante siglos, ellas han cuidado la piel de sus casas embadurnándolas, por dentro y por fuera, con esos terrones de piedra caliza diluidos en agua. Pero más allá de la belleza y el encanto que encontremos hoy en estas calles blancas, hay una tradición de higiene y protección de los hogares que se remonta a los romanos. Entre otras cosas, las paredes blancas mitigan el calor al reflejar la luz del sol; las casas encaladas resistían mejor la entrada de las epidemias que las que no lo estaban; la cal impermeabiliza, pero sutilmente, pues permite que los muros respiren.

En Arcos se suele encalar dos veces al año, al inicio de la primavera, en semana santa, para reparar los desmanes del invierno y a principios de otoño para prepararse antes de la llegada de las lluvias. Cuando se encala, no sólo corre la cal sino también el agua y el jabón, se hace una limpieza a fondo.

Aquí vemos a Beatriz, Laura y Alicia en plena labor de encalado en La Casa Grande ¡Artistas!










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